Sombrío futuro de mexicanos en Arizona; protestan, se ocultan, emigran o se quedan a “morir o matar”

El jefe de la policía de Tucson, Roberto Villasenor, flanqueado por altos cargos policiales, comparece ante los medios para mostrar su preocupación por la nueva ley migratoria de Arizona en un acto frente al departamento de Justicia en Washington.

Qué es ser hoy un mexicano en Arizona?…

“Un perseguido, un pisoteado”, dice Manuel Goayante, mientras espera el milagro de “una chambita”, sentado en las bancas de piedra del Food City de Nogales, el lugar donde suelen reunirse los desempleados.

“Un valiente obligado a luchar por sus derechos”, dice Luis Arenas, quien frente al capitolio de Phoenix se las arregla para lanzar consignas y prepararle a los niños mangos con chile. Trabajaba de albañil en Acatzingo, Puebla, pero hace dos años atravesó el desierto contagiado por el frenesí de sus hermanos, de largo historial en Estados Unidos: “Acá la vas a hacer gacha”, le decían, pero vino el desplome financiero y fue imposible encontrarle empleo en la constructora de techos que a ellos les ha dado de comer desde 2002.

Así que a Luis compró un triciclo e inició su propio negocio de mangos enchilados, raspados multisabores, chicharrones y elotes.

“De a dos dólares, de a dos”, ofrece a los retozones y luego se une a la rechifla: “¡Sí se puede, sí se puede tirar la pinche ley!”.

En un mes ha cambiado la vida de los mexicanos en Arizona, el estado de la SB-1070, promulgada por la gobernadora Jan Brewer el 23 de abril.

El de hoy es un presente opuesto, contradictorio…

Unos han salido a las calles a protestar con sus penachos y sus Vírgenes, otros se ocultan mientras llega la hora del trabajo y, fuera de su guarida, el miedo los obliga a negar su origen.

Unos volvieron ya a sus pueblos áridos o migraron hacia el norte, todavía más lejos de su tierra, como si se tratara de una carrera eterna contra leyes hostiles, pero otros han decidido quedarse “hasta ganar o caer”, hasta “morir o matar”, dicen.

A 60 días de aplicarse la norma y a tres de la megamarcha que latinos y aliados han organizado para mostrar el músculo, las estampas se agolpan en las principales ciudades del estado: Nogales, Tucson y Phoenix, cada una con sus historias de nostalgia y de rabia…

Junto al tren. A Rubén Noriega lo conocen como el Guardia antimexicano. Es el encargado de la vigilancia en Plaza Arizona, uno de los principales centros comerciales de Nogales, a menos de un kilómetro de la línea fronteriza. El mote se ha acuñado tras 11 años de acosar a vendedores ambulantes, a hombres y mujeres errantes en busca de trabajo y a cholos que trazan figuras imaginarias con sus patinetas… Nació en Hermosillo y todos los días, al culminar su jornada laboral, atraviesa la frontera para dormir en Nogales, Sonora.

—¿Por qué el Antimexicano?

—“Así me llaman porque mi trabajo es correr a los borrachos y a los vagos, y mantener la buena imagen de la Plaza: no se permiten ambulantes… Hay muchos paisanos que sólo cruzan para hacer perjuicios: roban, toman y aquí no pueden hacer lo mismo que hacen allá, en México; no puedo dejar que vendan tamales o pidan limosna y si no obedecen, llamo a la patrulla”.

Dice que “los mexicanos buenos” no desean en Estados Unidos a “mexicanos malos”.

—¿Y qué piensa de la SB-1070?

—“Parece drástica, pero los gringos están cuidando su país, me pongo en los calcetines de la Brewer y la comprendo, porque quiere paz; por un malo, la llevamos todos”.

Aquí, en Nogales, Arizona, huele a México… El aroma crece al sazón de tortas ahogadas y al sabor de paletas “michoacanas”. Inmigrantes y elementos de la Border Patrol coinciden a la hora del almuerzo en El Zarape, un restaurante que ofrece enchiladas y frijoles charros, aunque el sitio preferido de los agentes fronterizos es el Cuatacos, un puesto maltrecho junto a las vías ferroviarias, por donde dos veces al día asoman los trenes de carga, con sus toneladas de cemento y sus carros ensamblados en Hermosillo… El ferrocarril no escapa al torbellino de la ley, porque en uno de sus vagones —al estilo grafitti— se lee: “No a leyes discriminatorias”.

No es tierra de Lady Gaga. Sí de Los Tigres del Norte, de la Banda El Limón y de Bronco, que ha derribado el olvido con Sergio El Bailador.

“De los 50 mil habitantes del municipio, el 90% es de origen mexicano”, dice el alcalde Octavio García-Von Borstel, cuyo nombre ofrece pistas del arraigo bicultural.

“Desde el 10 de mayo emitimos un resolutivo de oposición a la legislación aprobada por la gobernadora Brewer, porque es moralmente repulsiva, discriminatoria, divisoria y va en contra de los valores de justicia social y racial”, dice.

El Monumento a los Caídos de las Guerras —Primera y Segunda Mundial, Corea y Vietnam—ha registrado en nueve placas 2 mil 322 nombres, mil 616 de tintes hispano… Ahí están los López, los Sánchez, los Gutiérrez, los González, los Pérez…

El kiosco. José Soto y su hermano Daniel, un par de jubilados residentes, son guías en esta travesía discordante… Antes de retirarse, Daniel trabajó seis años en el área de revisión migratoria. “Renuncié porque estaba harto del maltrato a mi raza”, cuenta.

José es un caminante incansable, un amiguero empedernido, que lo mismo conoce a los desesperados de las bancas de piedra del Food City que a los viejos reunidos en el kiosco central, donde hablan del pasado de bonanza laboral, “cuando había trabajos para escoger” y también del presente adverso:

“Los que no tienen papeles ya no pueden hacer lo de antes, porque los policías están acechando a los prietitos; cuando entre en vigor la ley van a tener recursos para meterlos a la cárcel, habrá control de huellas y si hay reincidencia, al bote”.

Dos de sus camaradas se unen a la charla, al ritmo de panuchos y jamoncillo. Y sus voces, como la realidad en Arizona, son divergentes…

Eustorgio Chávez: “La SB-1070 es el racismo más cruel que he visto desde que llegué a Estados Unidos, hace 50 años. Los gringos nunca han querido reconocer que los de México somos unos chingones”.

Nicolás Ventura: “La discriminación la hacemos los propios mexicanos: mi peor trabajo fue con un mexicano como jefe, que trataba a los empleados con groserías y maltratos. Me fue mejor con americanos y japoneses. Hay un griterío por la ley de Arizona, ¿y cómo se trata en México a los centroamericanos?…

Daniel Blancas
/ I Parte
LA CRÓNICA

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