La hija de un sicario relata cómo su padre cambió la carpintería por una célula de narcotraficantes
Gilberto Guzmán / La Silla Rota
CHILPANCINGO
Junio 5
“A mi papá lo mataron de la forma más cruel que nunca pude haber imaginado. Le cortaron los dedos de la mano, lo desnudaron, lo dejaron ensangrentado… revolcado sobre la banqueta del mercado”, relata Mariana.
Ella es hija de “Marcelo”, como se llamaba quien junto a sus “compañeros de trabajo” fue abandonado hace casi un año afuera del mercado central. Su muerte fue una de las tantas ejecuciones que en ese tiempo se incrementaron en la capital de Guerrero.
“De verdad que nosotros, en la familia, no sabíamos a qué se dedicaba mi papá. Antes trabajaba en una carpintería, pero siempre estaba de mal humor, decía que se sentía desesperado, que no le alcanzaba el dinero para todos, somos cinco hermanos, y que mis hermanos mayores, de 16 y 18 años, debían trabajar para ayudar”, contó la joven de 15 años, estudiante de bachillerato.
Una mancha más al tigre
Marcelo, de 40 años, era carpintero, pero como muchos, se dio cuenta que el dinero que ganaba no le alcanzaba para solventar los gastos de una familia numerosa como la suya, y habría recibido la “invitación” para enrolarse en una célula de narcotraficantes. Como en la mayoría de los casos, la principal explicación a este cambio de oficios, es la pobreza y la necesidad económica.
“De repente mi papá nos dijo que dejaría la carpintería y que buscaría cómo ganar más dinero. Pasados dos meses de eso, comenzó a llegar con más dinero, a comprar cosas para la casa, para mi mamá, a darnos más dinero a mis hermanos y a mí, pero no explicaba o nos contaba nada… O quién sabe si mi mamá lo sabía”.
“A veces le llamaban a medianoche, o en la madrugada, y se iba, y regresaba a las tres horas o en la mañana, y cuando mi hermano le preguntó a dónde salía, se molestó y solo respondió que estaba trabajando de velador, pero como que no le creíamos. Sólo uno de mis hermanos, Carlos, dijo que sospechaba que mi papá era guarura de alguien importante, porque le había visto un arma, pero nada más”, agrega.
Y así transcurrió el tiempo hasta que una madrugada de agosto del año pasado, la esposa de Carlos, llamada Mariana también, les dijo a sus hijos que su padre, junto con otros cinco sujetos, habían aparecido ejecutados y mutilados en el mercado central de la ciudad. Junto a la pila de cadáveres, el típico narcomensaje de “esto les pasa por…” con sus características faltas de ortografía, y firmado por un cártel de reciente aparición.
“Para mí fue un shock. Yo hubiera preferido que siguiéramos pobres, pero que mi papá viviera aún con nosotros… lamentablemente la pobreza y la ambición nos arrebató a nuestro padre”, concluye Mariana entre sollozos.



