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Los dos Trump

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La historia nos ha hecho una mala jugada. La pesadilla se hizo realidad. Sin duda es una desgracia para el mundo entero y una amenaza mayúscula para México que un demagogo, xenófobo, misógino e ignorante vaya a presidir el poder hegemónico global. El gobierno mexicano tiene escasos 60 días para elaborar una estrategia capaz de contrarrestar las políticas contra nuestro país anunciadas por Donald Trump, quien tomará posesión como el cuadragésimo quinto presidente de Estados Unidos el 20 de enero próximo.

Las posibilidades de que el gobierno de Enrique Peña Nieto diseñe una estrategia sólida, efectiva y digna frente a los embates del vecino del norte son escasas. Existen argumentos y recursos diplomáticos, jurídicos y prácticos para demostrar que la cancelación del Tratado de Libre Comercio, la expulsión masiva de indocumentados y la construcción del muro fronterizo con cargo a México tendrían consecuencias negativas, no sólo para el país, sino también para nuestro poderoso vecino. Sin embargo, en la casta gobernante no hay visión ni decisión, sino ineptitud y pasmo. Los mexicanos conocemos bien los costos de tener un presidente “mediático”.

Trump resultó electo a pesar de haber obtenido un millón de votos y 0.2 puntos porcentuales menos que Hillary Clinton (60 millones 842 mil 162 votos populares contra 61 millones 805 mil 493), porque la victoria la define el Colegio Electoral. El candidato republicano ganó con 290 votos electorales frente a 232 de su adversaria demócrata. El Partido Republicano mantuvo la mayoría en las dos cámaras del Congreso y la tendrá también en la Suprema Corte.

Si bien la institucionalidad democrática estadunidense sigue en pie, el equilibrio de poderes, así como los derechos y libertades ciudadanos están en riesgo. La nación vecina está profundamente dividida por motivos raciales, religiosos e ideológicos; de desigualdad económica, social y nivel educativo. La mitad del electorado votó no sólo por un cambio de partido sino de régimen. Con tácticas fascistoides, Trump aprovechó la indignación de los trabajadores de cuello azul y de la clase media, así como el soterrado racismo de la mayoría blanca. A la ira se sumó el odio.

La oposición a Trump ha desatado una ola de protestas masivas en varias ciudades, como Nueva York, Portland, Filadelfia, Chicago, Washington D.C., Los Ángeles, Boston, Atlanta y Miami. Hay un sentimiento generalizado de indignación, miedo e incertidumbre dentro y fuera de las fronteras de la Unión Americana. El mundo se pregunta cuáles serían las consecuencias del gobierno de Trump si se propusiera cumplir sus disparatadas ofertas de campaña, al tiempo que planea medidas para enfrentarlas.

La amenaza de cancelar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) no es fácil de lograr porque es un acuerdo tripartito entre Estados Unidos, Canadá y México fundado en contratos que requerirían la aprobación del Congreso estadunidense para modificarse, además de la aquiescencia de los tres países. El comercio bilateral ascendió a más de 630 mil millones de pesos el año pasado, y 6 millones de empleos en Estados Unidos dependen del comercio con México. Si Trump quisiera imponer su decisión existen recursos jurídicos para evitarlo. Canadá también se opone a las consecuencias que sufriría con el colapso del TLCAN. Negociar algunos ajustes al tratado es lo sensato.

El proteccionismo trumpiano tendría efectos terribles para el mundo. Una guerra comercial contra México y China conduciría a una recesión mundial y, de acuerdo con un estudio del Peterson Institute for International Economics, se perderían entre 1.3 y 4.8 millones de empleos en Estados Unidos, dependiendo de la duración e intensidad de dicho enfrentamiento (The Economist, sábado 12).

Aparte de inhumana, la política migratoria anunciada por Trump también presenta serias dificultades para su aplicación. Deportar a los 11.1 millones de inmigrantes indocumentados –de los cuales 5.8 millones son mexicanos, de acuerdo con datos de 2014 publicados por el Pew Research Center, en noviembre de 2016– sería una empresa con costos presupuestales, logísticos, políticos y sociales de dimensiones incalculables.

En su primera entrevista televisiva después de su victoria, Trump matizó su oferta de campaña sobre el asunto. Dijo que empezará por expulsar o encarcelar entre 2 o 3 millones de inmigrantes que hayan cometido algún delito –miembros de pandillas y bandas distribuidoras de droga al menudeo. Además, sugirió que una vez lograda la seguridad en la frontera y cuando “se normalice la situación”, tomará decisiones en favor de quienes llamó personas estupendas, “terrific people” (60 Minutos, domingo 13).

Varios sectores de la economía estadunidense dependen de la mano de obra de los migrantes. La agricultura y las industrias vitivinícola, constructiva y turística son inviables sin su trabajo. Respecto del muro fronterizo, del que ya se ha edificado una tercera parte y supuestamente pagaría México mediante gravámenes a las remesas de los migrantes, Trump aceptó que en algunos puntos no erigiría un muro sino una valla.

¿Cabe esperar prudencia política de un megalómano que ganó mediante la manipulación de la frustración ciudadana, así como el fomento del odio y el miedo? Al menos parece haber el intento de matizar los excesos y aberraciones de su retórica de campaña. En el primer discurso después de su victoria, mencionó que la prioridad de su movimiento es propiciar la unidad de la nación estadunidense y gobernar para los ciudadanos de todas las razas y religiones. Asimismo, en la mencionada entrevista de 60 Minutos exigió a sus seguidores que han agredido a hispanos, afroamericanos o musulmanes que cesen de hacerlo. “¡Stop it!”, enfatizó.

Parece necesario distinguir entre el Trump candidato y el Trump presidente de la nación más poderosa del mundo. El consejo de sus asesores y la presión de sus opositores, así como el peso de la realidad y la inmensa responsabilidad del cargo acaso obliguen al personaje a moderar su rusticidad. A Estados Unidos no le conviene confrontarse con su vecino del sur. Sin embargo, no podemos ser ingenuos ni permanecer pasivos. A fin de evitar el desastre, debemos estar preparados para lo peor.