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Pascal Beltrán del Río *

El “tres de tres” de la presente temporada electoral no tiene que ver con el llamado de la sociedad civil para que los candidatos abran sus cartas y dejen ver cuánto poseen, cuántos impuestos han pagado y qué potenciales conflictos de interés tienen.

No. Ahora, el “tres de tres” es el reto que lanzó el sábado el presidente Enrique Peña Nieto a la oposición.

Les dijo que los priistas van a ganar todas las canicas dentro de tres meses, cuando se jueguen las gubernaturas del Estado de México, Coahuila y Nayarit, además de las alcaldías de Veracruz.

Cuando hace unos días ofreció lo mismo el líder nacional del PRI, Enrique Ochoa, le pregunté en la radio si estaba consciente de que su antecesor, Manlio Fabio Beltrones, había ofrecido el año pasado apuntarse nueve de las doce gubernaturas que entonces estaban en disputa y, tras sólo conseguir cinco de ellas, renunció al cargo.

Pero ahora el PRI ha subido la apuesta: el Presidente de la República hizo suyo el pronóstico de Ochoa de ganar todas las gubernaturas en juego, lo que en la vieja jerga política —la que se desarrolló cuando el PRI era un partido casi sin oposición— se llamaba “carro completo”.

En estos tiempos, eso sería una anomalía. Diecisiete de las últimas 29 elecciones de gobernador han terminado en alternancia. Y como el PRI gobierna los tres estados en juego este año, la estadística indica que debe perder al
menos una.

Pero el sábado el Presidente fue incluso más allá al negar que su partido haya negociado con el PAN apoyar a este partido y dejarse perder —con tal de que no llegue Morena a la gubernatura del Estado de México y, por esa vía, a Los Pinos en 2018—. Peña Nieto arremetió contra Acción Nacional, acusándolo de haber sido irresponsable con las finanzas públicas durante los doce años que mantuvo la Presidencia.

Es decir, el mandatario decidió abrirse un nuevo frente, lo cual contrasta con los llamados a la unidad que ha hecho en semanas recientes para enfrentar los ataques que vienen de Washington.

El que habló el 4 de marzo ante sus correligionarios, durante los festejos por el 88 aniversario del PRI, no era el Peña Nieto a la defensiva que se había dejado ver desde finales de 2014. El Presidente se ha vuelto a poner los guantes, aunque sólo el tiempo dirá si el cambio no ocurrió demasiado tarde y aún está a tiempo de ganar alguna batalla.

“Nosotros, los priistas, siempre salimos a ganar”, arengó a los miembros de su partido, en el auditorio Plutarco Elías Calles, de la sede nacional de PRI. “Somos el mejor partido de México”, agregó, no uno que acostumbre “pactar para dejarse derrotar”.

¿Puede el PRI llevarse las tres gubernaturas en juego este año?

Se antoja difícil. Si no lo logra, será el Presidente de la República, y ya no el líder del PRI, quien tenga que pagar los platos rotos. Si el PRI no se echa a la bolsa las tres de tres, la autoridad presidencial para conducir la designación del candidato priista a sucederlo se verá absolutamente mermada.

Sin embargo, si lo logra, la que pasará a la defensiva es la oposición. Seguramente escucharemos sus quejas respecto de la “restauración autoritaria”, el regreso a los tiempos en que el PRI era una maquinaria que aplastaba sin piedad a los contrarios.

El Presidente ha tenido que escoger entre ser visto como débil y ser visto como impositivo.

La verdad es que no le quedaba de otra. Perder el Estado de México es una condena de muerte para su partido. Ahora ha mandado la señal de que el PRI no negociará esa plaza a cambio de otras (darle Coahuila al PAN, por ejemplo).

Y tampoco —así lo entiendo yo— entrará en conversaciones con Acción Nacional para que juntos eviten que Andrés Manuel López Obrador llegue a Los Pinos el año entrante.

La lucha electoral se antoja, pues, encarnizada a partir de este momento.

* Columnista de Excelsior